En muchos países del norte de Europa existe la costumbre de descalzarse cuando se entra en casa ajena. Antes de establecer mi residencia en la capital bávara, pensaba que se trataba de una costumbre japonesa, pero estaba muy equivocada.
La idea es buena; teniendo en cuenta que en estos países llueve y nieva gran parte del año, dejar los zapatos fuera de casa hace que el suelo se conserve en mejor estado. Pero cuando dicho suelo está congelado como un glaciar, obsequias a tus invitados con una pulmonía o al menos con un constipado pasajero.Yo suelo tener los pies helados incluso cuando llevo calcetines gordos, así que a veces sufro y he de utilizar la técnica que yo denomino, "técnica de la bailarina", que consiste en poner los pies un poco de puntillas para no entrar en contacto con el gélido suelo.
Para solucionar este problema se inventaron las Gästepantoffeln, unas zapatillas de suela fina como las que regalan en los hoteles, que prestas a tus invitados para que no anden descalzos por casa. Aquí surge un dilema, ya que hay gente que jamás se pondría zapatillas que han sido usadas por otra gente. Respeto su decisión. Además, cuando se celebra una fiesta, no suele haber zapatillas disponibles para todos los invitados. ¿Qué se hace en este caso?¿Se sortean?
Por todo esto, resulta un poco difícil adaptarse a la costumbre local y pedir a tus visitantes que se quiten los zapatos en la puerta. Los fans de Sexo en Nueva York recordaréis aquel capítulo en el que a Carrie le roban unos zapatos carísimos en una fiesta, al dejarlos en la entrada junto al calzado de los demás invitados. Estas situaciones no se plantean en la vida real, pero resulta divertido imaginar una situación así como consecuencia de descalzarse en una fiesta.