Es conocido mundialmente que los mediterráneos tenemos nuestros propios horarios. Por eso cuando viajamos, llegamos unos días después que los lugareños a todas partes. No hablo de puntualidad, sino de algo más profundo, de los horarios de vida. He tenido la experiencia en varias ciudades europeas de llegar al monumento de turno y encontrarme que estaba cerrando. La comida de dos horas y la sobremesa quizás sobraban...
Por ejemplo, a un español le cuesta asimilar que un supermercado cierre a las 20h. Pero a las 20h de verdad, no a las 20:10. Y también nos cuesta entender que las 19:50 no es el momento del día en el que uno empieza a hacer la compra, pensando que al estar dentro del supermercado está salvado, y que los dependientes esperarán pacientemente hasta que uno haga la compra mensual y encuentre su marca favorita de mayonesa. En Alemania la mayoría de los supermercados abren puntualmente a las 7:30 de la mañana, y cierran sus puertas también puntualmente a las 8 de la tarde. A esa hora las cajas están cerradas y los empleados camino de su casa.
He de reconocer que en España yo he sido alguna vez de esas personas molestas, que entran en el supermercado cinco minutos antes de que cierren buscando algo de última hora. Aquí no me atrevo a hacerlo. No tengo miedo a que me cierren la caja, sino a que apaguen las luces y se vayan a casa todos los empleados del supermercado, mientras yo sigo buscando los yogures de oferta en la oscuridad.
Los sorprendentes horarios españoles